Las razones por las que el oro es mejor que el bitcoin

El precio del bitcoin ha superado en las últimas semanas al de la onza de oro, hasta el punto de duplicar el precio de ésta en un mes. Sin embargo, cada vez son más los inversores escépticos ante esta subida sin freno de la moneda digital, que tiene toda la apariencia de una burbuja a punto de explotar. Pese el precio actual, la estabilidad y seguridad que ofrece el oro no resiste comparación.

Durante los últimos meses han sido recurrentes los artículos en la prensa especializada y generalista que comparaban el precio de la onza de oro con el bitcoin. En el momento en que éste superó a aquélla, los titulares estaban servidos: “El bitcoin vale su peso en oro”, “El bitcoin brilla más que el oro”, e innumerables juegos de palabras similares.

Una espiral alcista que puede haber atraído a numerosos inversores interesados en obtener un beneficio rápido de la mano de uno de los símbolos de la modernidad, pero que debería hacer desconfiar a los inversores tradicionales que buscan activos seguros en los que depositar su dinero y su confianza.

Analizando la evolución de la cotización de ambos, parece que no hay comparación: hace dos años, en mayo de 2015, la onza de oro tenía un precio ligeramente inferior al actual, unos 1.200 dólares, frente a los 1.260 de estos días; en cambio, la subida del bitcoin ha sido espectacular: de los 250 euros que valía en mayo de 2015 ha pasado a alcanzar los 2.700 dólares, más del doble del precio de la onza de oro y una revalorización de nada menos que el 980%.

En el último mes, su cotización se ha elevado en un 100%, desde la paridad con la onza de oro hasta duplicar su precio.

Volatilidad

Sin embargo, como bien advierten numerosos analistas, en cuestiones de inversión es necesario poner en cuarentena a los activos que multiplican su precio de esta manera, sobre todo si tiene detrás un historial de subidas y bajadas abruptas. Y ése es el caso del bitcoin.

En noviembre de 2013, por ejemplo, su precio se multiplicó por cinco hasta alcanzar, por primera vez, los 1.000 dólares. Unos meses más tarde, en febrero de 2014, había perdido la mitad de su valor, hasta los 500 dólares. Y durante los dos años siguientes, hasta recuperar de nuevo la senda alcista que lo ha llevado a duplicar el precio de la onza de oro, se había mantenido por debajo de los 500 dólares, mientras el oro superaba los 1.250 dólares.

Más pruebas de su comportamiento irregular: el pasado 25 de mayo, su precio subió más de 300 dólares durante la sesión… para luego perderlos y cerrar aproximadamente al mismo precio con que había abierto. Eso significa un movimiento de 600 dólares en una sola sesión. De hecho, en la siguiente, se dejó un 8% de su valor. Y ahora, supera los 2.255 dólares.

A pesar de estos vaivenes, el bitcoin mueve inversiones por valor de unos 40.000 millones de dólares procedentes, en su mayoría, de China, donde los inversores han estado buscando alternativas tras la depreciación del yuan. Japón y Corea del Sur han tomado ahora el relevo a China, que está volviendo a la inversión tradicional: el oro.

Y es que semejante volatilidad inhabilita al bitcoin para convertirse en una inversión alternativa a las tradicionales y, mucho menos, para competir como valor refugio con otras inversiones quizá no tan deslumbrantes, pero sí mucho más seguras y confiables, como los metales preciosos.

Problemas de seguridad

Además de su carácter “burbujeante”, hay muchas otras cuestiones relativas al bitcoin que preocupan a analistas e inversores. Una de ellas es la seguridad: los recientes ataques informáticos a escala mundial han vuelto a poner de relieve que el bitcoin es la moneda preferida por los criminales debido a su carácter anónimo, que le permite escapar de los controles.

Hay que recordar, por ejemplo, que el mayor mercado de bitcoins, Mt. Gox (fundado en Tokio en julio de 2010), que llegó a controlar el 70% de las operaciones mundiales, tuvo que suspender las operaciones en febrero de 2014, después de que detectara el robo de unos 850.000 bitcoins de clientes, valorados entonces en más de 450 millones de dólares.

La compañía se vio obligada a solicitar el concurso de acreedores y en abril de ese año se declaró en bancarrota. De los 850.000 bitcoins desaparecidos solo se pudieron recuperar 200.000. Investigaciones posteriores detectaron que el robo había comenzado mucho antes, en 2011.

Más tarde, en agosto de 2016, se produjo un nuevo robo de bitcoins en la compañía Bitfinex de Hong Kong: cerca de 120.000 bitcoins de clientes, valorados en 78 millones de dólares, desaparecieron del “monedero” de la compañía.

Implementación de las transacciones

El de la seguridad es solo uno de los problemas que lastra al bitcoin. También está la cuestión de la verificación de las transacciones. El bitcoin se basa en una tecnología denominada “blockchain” (“cadena de bloques”), que consiste en una base de datos formada por cadenas de bloques que quedan sellados y no pueden ser modificados una vez que se han publicado.

Como es lógico, la multiplicación de las transacciones relativas al bitcoin en los últimos años ha disparado el tiempo y el dinero necesarios para verificarlas, lo que complica el acceso al bitcoin como medio de pago por parte de las empresas. Según Bloomberg, los ejecutivos de bitcoin aseguran que 2017 será el auténtico año de despegue del bitcoin como criptomoneda a escala mundial. Pero muchos lo dudan.

Los acuerdos alcanzados entre distintos operadores de este mercado para acelerar las transacciones se han visto abortados por diferencias ideológicas que han impedido su puesta en marcha. Uno de los últimos, el nuevo protocolo SegWit, se lanzó en octubre de 2016 y hasta ahora solo lo ha adoptado un tercio de la comunidad bitcoin. 

De continuar estos problemas, los analistas consideran probable que muchos usuarios abandonen el bitcoin en favor de otras criptomonedas.

Porque ésa es otra desventaja del bitcoin: no es, ni mucho menos, la única moneda virtual, sino que cuenta con numerosos competidores en este mercado. Su valor puede haberse disparado en los últimos años, pero su peso en el mercado de las monedas virtuales está decreciendo a pasos agigantados, mientras sus 700 competidores se hacen con mayor cuota.

Según los datos de CoinMarketCap.com, recogidos por Bloomberg, la cuota de mercado de bitcoin ha caído desde el 85% en febrero de 2017 a alrededor del 50% a finales de mayo. En el mismo periodo, la cuota de rivales como Ethereum se ha incrementado en un 20%. A muchos usuarios no les importaría que el bitcoin desapareciera y fuera sustituido por otras alternativas. Así que ni siquiera puede confiar en tener inversores fieles.

Una moneda no reconocida

A las complicaciones anteriores hay que añadir una más: ni el público general ni los reguladores entienden el funcionamiento del bitcoin, lo que impide que se apruebe una regulación sobre el mismo. Ha habido intentos de regular el sector, concediendo licencias a compañías de criptomonedas, pero apenas se han concedido algunas, ya que muchas de estas empresas son de reciente creación y no pueden permitirse el coste que conlleva la obtención de una licencia.

La Securities and Exchange Commission (el regulador de mercados estadounidense) ha rechazado incluso una propuesta de creación de un ETF basado en esta moneda digital. Y, por supuesto, ningún gobierno del mundo la reconoce ni cuenta con ella como parte de sus reservas, como sí sucede con el oro, que suele constituir una buena parte de las reservas en divisas de los bancos centrales.

La historia financiera confirma que los mercados se acaban autocorrigiendo, con la explosión de las denominadas “burbujas”. Así sucedió en el siglo XVII en Holanda, con el crack de los bulbos de tulipán, y a finales del pasado siglo con la explosión de la burbuja de las “puntocom”. La reciente crisis financiera de principios del siglo XX no ha hecho más que confirmarlo.

Frente a esta nueva burbuja tecnológica, la alternativa del oro cuenta con múltiples ventajas: es reconocido y aceptado como medio de pago en cualquier parte del mundo, en cualquier momento y tiene liquidez inmediata. Es un valor refugio especialmente apreciado en tiempos de incertidumbre política y económica como los que vivimos. No está sometido a una volatilidad semejante a la de la criptomoneda. Y resulta infinitamente más confiable y segura.

Entre el bitcoin y el oro, sí hay color: el dorado.